La relación entre diseñadores/desarrolladores y clientes

Hace unos años leí un artículo, publicado no recuerdo por quién que empezaba más o menos así: “A un lado de la mesa un diseñador con cara de cansado y malhumorado, al otro un cliente cabreado…” y siempre he pensado que era una descripción excepcional de algunos pasajes que he vivido en diferentes proyectos. Podría contar historias rocambolescas, pero las dejaré para otro día, hoy no me apetece herir sensibilidades.

Ésta es una típica estampa que tenemos que vivir los diseñadores y desarrolladores los días de entrega en muchos de nuestros proyectos. Y el asunto no es tratar de buscar quién tiene razón, cada personaje en esta historia tiene sus razones para estar en ese estado de ánimo, veamos los dos puntos de vista:

El cliente:
El cliente piensa que puede pedir lo que quiera, básicamente porque está pagando. Lo cual es muy lícito. Pero no asume las reglas que se han marcado en el prespuesto/contrato/acuerdo sencillamente porque de todo lo que ha leído, realmente sólo se ha quedado con la idea de que va a tener una web genial, el resto no lo ha entendido o no le ha dado importancia.
Al cliente le gustaron los bocetos pero después de verlos en varias ocasiones o plasmado en una web con su funcionalidad se da cuenta que ya no le convencen, que necesita algunos cambios.

El desarrollador/diseñador:
Si hay algo que un profesional del mundillo tiene que aprender sobre todo tipo de tecnologías es la paciencia. El problema de los proyectos radica en que no sabemos explicarnos o no sentamos las bases correctamente en los presupuestos, que no paramos los pies a los clientes y que no llevamos a rajatabla la metodología que nos marcamos de cara al cliente.

Otra creencia bastante extendida es que retocar o cambiar cualquier cosa en la web, o iré más lejos, en informática, no cuesta nada: “total, retocar las 500 imágenes que te pasé es un rato, no? Va, si tu eres un crack”. A veces un pequeño cambio se acepta, luego otro, uno algo mayor… y al final el cliente cree tener derecho a pedir lo que quiera.

Tampoco es demasiado extraño que la gente juegue a saber de internet, saber de programación, saber de diseño… sin hacer el menor caso a los profesionales, si si, he dicho profesionales. Una de las frases más repetida por el cliente es: “el logo lo quiero más grande, casi no se ve” o “mira, me gusta la idea, pero cámbialo todo tal como yo te explico”.

Tengo comprobado que los proyectos que mejor funcionan son aquellos donde el cliente se deja aconsejar, porque al final el equipo de desarrollo está contento con este tipo de cliente y también aporta su granito de arena haciendo esos pequeños retoques sin quejarse lo que redunda de nuevo en el buen fin del proyecto.

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